El poeta nace y muere solo,
como mueren las margaritas con
el sol de verano.
El poeta cohabita con la soledad,
sino, de qué madera intestina
se iban a tallar sus versos.
Entre su dermis y epidermis tiene adherida
la soledad el poeta,
a veces hay recreos entre sus poros:
Opacos espejos sin rostros
Suspiros entre sábanas ajenas
Vuelos nocturnos sobre ciudades de estrellas en el suelo
Muertes repentinas de acalorados besos
Partos alegres y desvelados
Anclados puertos sin sirenas
Ojos tristes de infantiles dolores
Trazados de tierras infértiles
Perdidas de memoria por conveniencias
Decretos enraizados en rabias…
Pero siempre al final del camino
el poeta se reencuentra con su soledad
allí caminan juntos
masticando y revolviendo imágenes,
haciendo crecer palabras inquietas.
El poeta se susurra a sí mismo,
vive solo en el centro de toda compañía,
siempre gira sobre sí
se ancla a su mar profundo
y desde él se comunica
en un lenguaje no usual.
El poeta vive pagando la cuenta silenciosa
que se escurre por debajo de su puerta,
se retrata en miles de rostros
que no le hablan,
que no le besan,
que se transforman en el espejo que no tiene
porque no le alcanza,
porque se sostiene de un salario triste,
con el que solo paga por la soledad.
Los poetas viven solos
aunque vivan amarrados
a todo el universo.
Trayenko.
Marcela Vidal Melo
Qué derechos me puedo reservar.
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